Entre 1870 y 1914 decenas de barrios ocultos conocidos como ciudadelas brotaron por todo Santa Cruz de Tenerife.
Sus restos son hoy el testimonio de la historia obrera de la ciudad.



Intenta agarrar la lupa para observar a través de la grieta las ruinas de la ciudadela: puedes ver el interior de la casa tapón y la hilera de casitas.
Estas son las ruinas de una de las decenas de ciudadelas que un día fueron el hogar de la clase obrera en el barrio de El Toscal, situada en la calle Señor de las Tribulaciones. Al igual que sus primas gijonesas, las ciudadelas de Santa Cruz son hileras de casas pequeñas de alquiler edificadas en torno a un estrecho patio con retretes y cocinas comunes. El acceso a las viviendas estaba disimulado por una casa terrera, la denominación tinerfeña para las viviendas de planta baja, cuya fachada daba a la calle y actuaba como casa tapón.
Su origen se remonta a finales del siglo XIX, cuando cientos de trabajadores del interior emigraron a la capital de la isla en busca del trabajo que prometía el puerto. De forma orgánica los nuevos vecinos de la ciudad comenzaron a asentarse en viviendas informarles y los propietarios del suelo encontraron en la ciudadelas una solución para los alojar al proletariado y obtener ingresos de forma rápida. Este tipo de construcciones, así como los pasajes que eran edificaciones similares en torno a un pasillo pero con todos los equipamientos dentro de las propias casas y acceso directo a la calle, utilizaba materiales muy baratos por lo que requerían de pequeñas inversiones y ofrecían gran rentabilidad a través del alquiler.
Los promotores de ciudadelas y similares aprovecharon la laxitud de la legislación urbanística que eximía de cargas fiscales a todas las construcciones que no tuvieran una fachada a la calle. Además, aunque proliferaron por toda la ciudad, muchas de estas edificaciones se levantaron en las inmediaciones de las industrias más nocivas como las fábricas de gas, la refinería o incluso el vertedero. El hacinamiento de personas, la falta de ventilación y saneamiento y la contaminación derivada de las industrias hicieron de estas viviendas lugares insalubres foco de epidemias.
LAS CIUDADELAS DE SANTA CRUZ

Fotografía de vecinos en el patio de una ciudadela en 1935. Cortesía de José Manuel Ledesma, cronista oficial de Santa Cruz.
Pasa el cursor sobre las siluetas para conocer cómo era la vida en las ciudadelas

TONI MARTÍN
Profesor y vecino de Los Llanos

JUAN LUIS REYES
Mecánico y vecino de Los Llanos
JUAN LUIS REYES

Plano Ramón Pérez González, cortesía de Rosa Ramallo.
Este es el plano de dos ciudadelas construidas en 1902 en EL Toscal. Puede apreciarse que las casas eran apenas un cuarto, las cocinas y los retretes comunes se encontraban al final del patio. Se accedían a través de una puerta situada entre las casas tapón (que tienen una ventana a la calle). Por fuera parecían una simple casa terrera. Estuvieron habitadas hasta su derribo en 1976.
Las constantes epidemias que proliferaban en las ciudadelas motivó esfuerzos tímidos por hacerlas desaparecer por parte de las instituciones municipales en la primera década del siglo XX. Hubo especial interés por erradicarlas cuando se localizaban en espacios de poblamiento mixto porque su existencia allí mermaba el valor las edificaciones destinadas a clases más pudientes. Sin embargo, la alianza entre propietarios y legisladores sumada a la alta demanda de vivienda en toda la ciudad y la pobreza potenciada por la posguerra, provocaron que las ciudadelas continuara habitadas incluso hasta los años 2000.
En los barrios obreros situados en el sureste de la ciudad, Los Llanos, El cabo y Cuatro Torres, abundaban las ciudadelas, pasajes y otros modelos de casas baratas. Desde finales de los años 40 comenzó a fraguarse un movimiento político que pretendía modernizar la ciudad y revalorizar el suelo de estos entornos cercanos al centro con objetivo de incentivar el turismo de la ciudad. Para conseguirlo era necesario reformar el entorno, eliminar las antiguas e insalubres casas obreras y construir nuevos edificios y avenidas que respondiesen a los gustos de las clases con mayor poder económico. Se trataba del proceso conocido como gentrificación.
El proyecto se materializó en la publicación de el Plan General de Ordenación Urbana de 1951 y en las expropiaciones de los terrenos de las ciudadelas con el consecuente realojo de sus habitantes. Si bien con el cambio la mayoría de los vecinos tuvo acceso a viviendas de mayor tamaño y con mejores condiciones higiénicas, el Plan trajo consigo nuevos problemas. Las barriadas de promoción pública que se les destinaron se construyeron en la periferia de la ciudad, una zona que carecía por aquel entonces del equipamiento urbano básico como comercios y centros de salud. Desplazados de su enclave original provocó que se diluyeran las redes de apoyo vecinales construidas durante décadas y aumentara la distancia entre los hogares de los vecinos y sus puestos de trabajo. Cuando sus antiguas residencias fueron despareciendo bajo los escombros también su historia empezó a olvidarse.


Los antiguos barrios obreros están ahora ocupados por edificios altos, el Palmetum, el auditorio y el parque marítimo de César Manrique. En la imagen, la ermita de la Virgen de Regla sobrevive ante al auditorio gracias al esfuerzo de los antiguos vecinos que se reúnen allí para conmemorar sus fiestas. Se encuentra unos dos metros por debajo del suelo a la altura a la que estuvieron los barrios desaparecidos.
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para ver el contraste entre las únicas casa antiguas supervivientes del barrio de El Cabo y las nuevas construcciones.

TONI MARTÍN
Profesor y vecino de Los Llanos

RICARDO GUERRA
Historiador
Martín y Reyes pertenecen a la Asociación Cultural Salvemos la Historia, una agrupación integrada por antiguos vecinos de los barrios de El Cabo, Los Llanos y Cuatro Torres que trabajan por preservar la memoria de las viviendas y los vecinos que las sucesivas reformas borraron del mapa. Guerra es un historiador de La Laguna experto en el periodo de la autarquía durante la dictadura franquista que colabora en las labores de investigación de la asociación.
Pero ellos no son los únicos que luchan por preservar el patrimonio histórico de la ciudad y de la clase obrera. En el barrio de El Toscal agrupaciones vecinales como la que preside Olga Mora o "Luz y Vida", el motor cultural del barrio que durante muchos años dirigió la vecina Rosa Tamallo, encabezan desde hace décadas un movimiento para salvar el barrio de la apisonadora de la gentrificación. "En 2003 iban a demoler parte del barrio para agrupar los aprovechamientos en altura, pero tuvimos la suerte de juntarnos un grupo de personas extraordinarias que estamos intentando lo mejor para el Toscal", relata Mora.
En El Toscal, las ciudadelas son también un vestigio del pasado del que solo quedan ruinas, pero sobrevive aún un modelo muy similar, los pasajes. Con su batalla los vecinos han conseguido la denominación Bien de Interés Cultural para proteger parte de este patrimonio histórico y poder mantener en sus casas a los vecinos históricos. Algunos pasajes han sido totalmente reformados, garantizando condiciones de vida digna a sus habitantes manteniendo su aspecto original, pero todavía hay muchos semi abandonados.
LOS PASAJES DEL TOSCAL
PASAJE DE LA GUAIRA
Este pasaje está localizado en la calle Santiago con la que comparte su nombre oficial, aunque todos los conocen como la de "La Guaira", sin que nadie sepa el por qué. Es considerado "la joya de la corona" después de que se restaurase y fuera nombrada patrimonio histórico. Todas sus casas están habitadas.
PASAJE DEL VAQUERO
En este pasaje solo quedan cinco casas habitadas. Se sitúa en la calle Señor de Las Tribulaciones, nombre que se le dio cuando los vecinos se salvaron de una grave epidemia de cólera tras consagrarse a dicho santo. Es conocida popularmente como "pasaje del Vaquero" en referencia a una de sus familias emblemáticas.
Los pasajes se distinguen de las ciudadelas porque sus patios tienen acceso directo a la calle, es decir, no hay una casa tapón, y porque baños y cocinas están dentro de las casas. En realidad, son pequeñas casas adosadas aunque su calidad constructiva, en aquellas que no han sido reformadas, es bastante pobre. Aunque muchas tienen un patio trasero que permite ventilar mejor los espacios, acostumbran a tener una única ventana en la fachada exterior.
"Aquí vivían mi madre, mis abuelos y mis tíos. Cinco personas. No se cómo lo hacían", dice Javier Vaquero hablando sobre la casa de 33 m2 en la que reside en el pasaje de la calle de Las Tribulaciones. Es el último de una saga familiar cuyo apellido da nombre al pasaje construido en 1869. Además de heredar la casa, Vaquero heredó también una renta antigua y paga 10 euros por su alquiler. Esto se debe a que el pasaje está protegido por ser Patrimonio del Cabildo, "para lo bueno y para lo malo", como dice Vaquero, "porque no reforman nada y las casa vacías se están cayendo".
A los dueños de la finca ni los conoce y "nunca han venido a solucionar nada, la reforma la hice entera yo". No entiende "cómo la gente ha dejado estas casas olvidadas. Fuera de aquí, en esta zona, cualquiera vale unos 700 euros". Vaquero se acomoda en el sofá de su casa, que no cambiaria por ninguna otra, y nos invita a escuchar el silencio: "Aquí siempre está tranquilo, no se oye nada".






